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De Quimeras y Ensoñaciones

La ciudad de las cigüeñas

1.- Recordando a “i griega”

Empezó a golpear la pared rítmicamente. Se sentía tan oprimido allá adentro y tan agobiado que el martillo que estaba usando le parecía ridículo. Estaba muy oscuro. Se estaba empezando a poner nervioso y una sensación de claustrofobia empezó a invadirle. Su corazón latía deprisa. Sus esfuerzos no daban el resultado esperado. Sus recuerdos estaban atrofiados, perdidos, no sabía cuan largo era el periodo que llevaba allí dentro, había perdido el sentido del espacio y del tiempo, desorientado y aturdido lo único que su cerebro le indicaba de forma consciente era que tenía que seguir golpeando aquella pared para salir de su encierro, de aquel cuchitril en el que apenas si podía moverse.

Era igual que tuviese los ojos abiertos ó cerrados, la oscuridad era total, tan tenebrosa cual lúgubre mazmorra de tiempos pasados, ni un solo ápice de claridad se filtraba por ninguna rendija. Oía un leve rumor proveniente del exterior, murmullos, y sabía que algún día tendrían que escuchar sus ruidos, sus golpes, y sacarle de aquel encierro no autoimpuesto.
Y siguió golpeando. Y escuchó un crujido adentro.

¡La pared se empezaba a agrietar!.

Redobló sus esfuerzos con inusitada alegría, intuía que la grieta iba creciendo, que el mundo exterior estaba en sus manos y golpeó fuerte, más fuerte. La grieta se hizo agujero, un minúsculo agujerito del tamaño de un grano de arroz por el cual penetró una ráfaga sutil de aire tibio y de luz solar. Ya no pudo parar. Cansado, pero animado por aquel éxito, golpeó sobre el agujero una y otra vez, una y otra vez, y este fue creciendo de tamaño, pasando de arroz a garbanzo, de garbanzo a cereza, de cereza a huevo de gorrión.

Y entonces paró. Estaba extenuado por el esfuerzo.

Desde la posición en la que se encontraba, le era imposible mirar a través del opérculo abierto, no podía girarse, seguía igual de aprisionado, lo intentó, intentó moverse para escudriñar por la abertura, pero fue del todo imposible, estaba tan oprimido allá adentro como sardina en lata y se preguntó cómo y con qué había estado golpeando aquellas cuatro paredes en las que estaba aprisionado, si apenas era capaz de moverse, pero lo cierto era que él había abierto ese agujero y que cuando descansara un ratito, seguiría agrandándolo hasta escapar.
Como su cuerpo seguía pegado a las paredes, la luz que intuía y el ruido del exterior, quedaban mitigados y apenas percibía datos que le indicaran donde se encontraba.

Una imagen borrosa se formó en su mente, un recuerdo, una figura de mujer tomaba cuerpo en sus pensamientos, y aun antes de materializarse, de otro rincón de su cerebro surgió una palabra, Andrea, y esta, por asociación de ideas, le llevó a “y” (i griega), él la llamaba así, y ella al principio se enfadó, pero terminó por aceptarlo y ahora, si en algún momento especial, por alguna circunstancia, él la volvía a llamar Andrea, ella casi no se reconocía. Todo surgió cuando él empezó a abreviar su nombre y a decirle And en vez de Andrea y más tarde su transcripción del ingles al español terminó por convertir “And” en “y” y esta en su forma fonética, en su sonido de “i griega”. Ahora Andrea era “i griega”.

Era curioso, ahora ya no le importaba tanto el salir de allí como el recordar parte de su vida, y sin embargo tampoco podía hacerlo. No recordaba nada, solo a Andrea, a “i griega”, lo demás era un espacio en blanco en su mente, sin recuerdos.
Pensó que el cansancio provocaba aquello y un poco más tarde su cuerpo y mente cayeron en el letargo del sueño.

Cuando tomó conciencia de nuevo, la imagen de “i griega” seguía viva y eso le dio alas para seguir golpeando la pared, a ritmo vivo y decidido. Notó que por encima de su cabeza algo estaba cediendo, desde el agujero, -del tamaño de huevo de gorrión -, se había abierto una grieta que lo rodeaba completamente y parecía a punto de ceder, un esfuerzo más y …

¡ Estaba libre ¡ ¡Por fin lo había conseguido ¡

Su cabeza y sus hombros estaban en el exterior, el techo de la pared donde se hallaba encerrado había cedido. Abrió los ojos y vio las estrellas en el cielo formando una figura de mujer, la de Andrea. Siguió forcejeando para salir al completo de aquel encierro y al cabo de un tiempo, que se le hizo eterno, logró tener su cuerpo fuera de aquella prisión.
Apenas se mantenía en pie, sus músculos, atrofiados por el confinamiento, apenas le respondían, se bamboleaba como una marioneta y terminó cayendo al suelo, un suelo de trozos de madera formando una empalizada.

Pensó que se encontraba fuera de la ciudad, en algún rincón apartado y oculto, en alguna cabaña perdida en medio de un bosque de leñadores. Intentó un último esfuerzo y se acercó a la empalizada exterior, se puso de pie y miró hacia abajo.
Desde allí contempló las luces de la ciudad, contempló sus edificios, sus calles, la plaza en la que tantas veces había paseado cogido de la mano de “i griega” , algún paseante noctámbulo, algún vehículo perdido que circula por las calles en la noche.
Nunca había visto la ciudad desde tan arriba, era distinta, ¿hermosa?, no, no sabría calificarlo, distinta, eso si, diferente, de otra forma. Otra perspectiva. Y de noche presentaba un aspecto algo triste y solitario, silencioso, a pesar de las luces y las sombras.

Creyó estar muerto y creyó mirar la ciudad desde el cielo, desde un Edén perdido, ó desde el Olimpo de los dioses Greco-Romanos, ó inclusive, desde el mismísimo infierno de Dante.

Se asomó un poco más al borde de la empalizada. Ya había aprendido a dominar más mal que bien su cuerpo y se dio cuenta de lo que ocurría a su lado y del lugar donde estaba.

-No puede ser – dijo – estoy soñando.

Y volvió a mirar hacia abajo de nuevo, cerrando y abriendo los ojos, intentando restregárselos con sus manos, pero no pudo, y lo cierto era que esta vez ya no había ninguna duda, y en un breve instante, en un transcurrir de milisegundos, en un transcurrir de un relámpago, ó de un flash de cámara de fotos, lo comprendió todo…

¡Estaba dentro de un nido de cigüeñas, encima de un campanario!

2.- Aprendiendo a conocerse

Y eso no era todo…

¡Era una pequeña cigüeña recién salida del cascarón! .

Se olvidó de la ciudad que dormía a sus pies, se olvidó del cielo lleno de estrella y de la imagen de “i griega” perfilada entre ellas, ahora solo tenía ojos para él, para su cuerpo de ave, sus plumas cubriendo su cuerpo, sus largas patas anaranjadas, su pico puntiagudo … ¡su pico¡, ese fue el martillo que había usado y la pared de su celda no era más que el cascarón del huevo donde estaba encerrado.

¡ Es de locos¡ ¡Me he vuelto enajenado¡

A su lado contempló otros dos huevos aún intactos y entonces escuchó el batir de unas alas a su espalda y una cigüeña enorme, haciendo malabares, posándose cuidadosamente sobre la plataforma del nido para evitar atropellarle.

¡Decididamente me he vuelto loco! ¡Alguien me ha echado matarratas en el café de la mañana!

Mamá cigüeña ó papá cigüeña, vete tú a saber, depositó sobre el nido una cosa larga y fría que aun se movía a golpe de espasmos nerviosos, y allá sobre la plataforma del nido, lo deshizo a picotazos, lo volvió a tragar y acercando su pico a mi cabeza, a mi incomprensible pico, que permanecía abierto, de forma absurda, en busca del suyo, y al fusionarse ambos, con mi inconcebible colaboración, regurgitó la comida en mi estómago.

Durante ese momento había dejado de ser yo, era una cigüeña, no pensaba como hombre, como humano, actuaba como ave. Era como si tuviese doble personalidad, doble alma, a veces de persona, a veces de animal. Caía en periodos de tiempo, en lapsus tales en los cuales olvidaba que era hombre, pero cuando volvía mi ser y me miraba y contemplaba donde estaba y quien era y en lo que me había convertido, unas lágrimas invisibles rodaban por mis ojos.

Pasaron unas horas, en las cuales mis recuerdos de ser humano venían y se iban, era como dormir y despertar unos minutos más tarde para tomar conciencia y volver a dormir, en un continuo ir y venir de sueños y despertares. Unos despertares que duraban tan solo unos minutos y en los cuales no era capaz de razonar.
Tan solo pensaba que estaba soñando ó que había perdido la razón. No sé, que tal vez estaba ido, borracho ó drogado y atiborrado de pastillas ó alguna sustancia alucinógena vertida en el vaso de la bebida, llegué a pensar en mil cosas, a la cual más absurda la una que la otra.

Antes del amanecer, el bullicio cobró ritmo al pie del nido, la ciudad había despertado, desde mi campanario veía el movimiento de puntos humanos, de vehículos, de voces, de seres como yo…, ¡Dios¡ ¡No¡ ¡Como yo no¡ .
Se movían en un constante ir y venir. Primero los madrugadores que se desplazaban a otras localidades, luego los trabajadores de las zonas aledañas, los niños al colegio con sus madres, y a media mañana, los ancianos tomando el sol en la plaza, paseando despaciosamente fuera de la sombra de los Arces, de los árboles del plátano, que bordeaban longitudinalmente toda la plaza en la tibia mañana de abril, ó sentados en los bancos de piedra, ó mirando escaparates en los soportales.

Mis dos supuestos hermanos habían horadado su huevo y ya estaba también fuera.
Eramos cinco en la familia. Papá y mamá cigüeña y mis dos hermanos.
¡ Pero que estupideces digo ¡ ¡Yo no formo parte de ninguna familia de cigüeñas ¡.

No sé que ha pasado, ni que hago en este cuerpo extraño, pero cuando despierte me reiré de todo esto tan fuerte que entonces si les daré la razón para tacharme de loco.

Y al otro lado, sobre el ayuntamiento, otros dos nidos de cigüeñas y más allá, sobre el torreón adyacente a la capilla del Oidor, otro, y más allá otro, y más allá donde no era ya capaz de ver, otro y otro y … era la ciudad de las cigüeñas.

Pero esa no era mi ciudad. Mi ciudad estaba abajo, a mis pies.

Me debatía a preguntas inútiles mientras contemplaba el devenir del mundo, y miraba las figuras de las personas, a las que ya empezaba a reconocer como asiduas a la plaza, por su trabajo ó su ocio: El policía municipal a la puerta del ayuntamiento, el barrendero, el jardinero, la chica del quiosco de información turística, el abuelo paseando el carrillo de su nieto, la guía turística rodeada de un corro de personas, etc., un sinfín de variopintos personajes que circulaban por la plaza.
Mientras les observaba, las horas y los días pasaban, mis plumas crecían despacio pero sin pausa, mi cuerpo también, ya daba saltos, junto a mis hermanos sobre la plataforma del nido, extendía mis alas y daba brincos, intentando permanecer sujeto en el aire.

Seguía teniendo instantes de lucidez y otros no recordaba nada, pero seguí evolucionando en el cuerpo de un ave, y era tal mi estado que cuando volvían mis recuerdos de una vida pasada como persona, quería olvidarlos y ser ave para siempre, no quería atormentarme más con absurdos recuerdos de alguna alma errante perdida en un cuerpo de cigüeña.
En uno de esos momentos de lucidez humana, al mirar hacia cualquier parte, vi que estaba fuera del nido, unos metros más allá, sobre la torre del edificio adyacente. Aquello sólo tenía una explicación, ya había aprendido a volar, mis alas ya me sostenían en el aire. De alguna forma me sentí feliz, libre, independiente, a pesar de estar encerrado en el cuerpo de una cigüeña.
Pero aquella felicidad duró un segundo nada más, pues allá abajo, moviéndose en la plaza, entre la gente, creí verla por un instante, era la inconfundible figura de “i griega”, estaba seguro que era ella, había cruzado la plaza desde la calle Mayor hasta ir a perderse por entre la calle Libreros.

Batí con fuerzas mis alas, quise volar y seguir tras de ella, pero aun tenía miedo, el precipicio que se extendía allá abajo era enorme y no estaba preparado aun para dar un garbeo por los aires. Al principio había pensando en Andrea muchas veces, en los recuerdos que tenía de una vida juntos, de nuestro amor, pero había decidido olvidarlo, olvidarme de ella, olvidarme de esos ratos en que regresaba a mi mente atrofiada de ave unos recuerdos que no tenían sentido, y sin embargo, ahora, cuando ya había a duras penas logrado apartarla de mi, aparecía de nuevo a hurgar en mi herida.

La maldije por ello, me maldije a mi mismo.

Mis recuerdos de humanidad iban perdiendo consistencia con el paso del tiempo, ya eran menos nítidos, y volvían muy de tarde en tarde, excepto cuando creía ver entre la gente a alguien con la figura de “i griega” paseando por la plaza.

Pasaron los días, ya era capaz de volar hasta el otro extremo de la plaza, y visitaba a las otras cigüeñas de la torre del ayuntamiento y doblaba la cabeza hacia atrás a la vez que entrechocaba el largo pico anaranjado produciendo un saludo sordo y movía las alas en reconocimiento a mis vecinos de al lado.
Mis padres, uf, cada vez me sonaba menos raro esa palabra, mis padres. Mis padres seguían alimentándome allá donde me encontrase, pero poco a poco fui extendiendo mi radio de vuelo, fuera de la plaza, más allá.

Me sentía flotar en el aire mecida por las corrientes cual cometa manejada desde el suelo por un niño, era muy agradable esa sensación de plena libertad, de ver la ciudad de las cigüeñas empequeñecida a mis pies. Y cuando no era pájaro, sino que era un recuerdo de hombre, solía sobrevolar la casa en la había compartido momentos de felicidad con Andrea, con mi “i griega”, a pesar de que mi yo interior decía que debía olvidarla para siempre y en esos revoloteos, pude verla con nitidez en un par de ocasiones, y la melancolía se adueñaba de mi corazón y dolía, dolía mucho.

3.- Sultán.

Había pasado un mes desde que me asomara por primera vez desde lo alto del campanario, ya apenas pisaba el nido de mis padres, me entretenía en buscar comida por los basureros de la ciudad, en aprender a cazar pequeñas culebrillas o ratones de campo, ¡eran tan escurridizos!, y a volar cada vez más lejos, a conocer pueblos nuevos, lugares alejados de la plaza, y alguna vez sobrevolaba su casa, cuando olvidaba mi condición de cigüeña y regresaba mi humanidad.

Aquel día la seguí desde el aire, dando vueltas sobre su cabeza, era domingo, había aprendido a distinguir los días de la semana por la diferente actividad de la gente en la plaza, llevaba a su lado a Sultán, nuestro perro, un pastor belga de precioso pelo largo, ¡Nuestro perro¡, aun le llamo nuestro perro.
Pensé que le sacaría a pasear al lugar donde siempre le llevábamos, pero tomó un rumbo diferente, se metió entre las calles de la ciudad y …, si, no podía ser otro lugar, era el camino del cementerio. En la puerta, compró unas flores y se adentró en el campo santo, entre las tumbas.

Mi consciencia de humano se alargaba extrañamente en este día, no solía permanecer ya tanto tiempo, sólo unos minutos, para regresar a su estado primitivo de cigüeña, pero hoy seguía viva más allá de lo imaginable, y yo quería que siguiera. Me posé sobre la tapia del cementerio, observándola, mientras Sultán corría pacíficamente unos pasos más adelante.
El perro, al llegar ante una tumba, se detuvo, se sentó, volvió la cabeza hacia Andrea y dio un ladrido. Ella también se paró ante aquella tumba.
El comportamiento de Sultán al detenerse ante aquella lápida me hizo pensar que no era la primera vez que lo hacía, tal vez había acudido muchas veces allí con su dueña. Y sin embargo, yo recordaba que ella odiaba esos lugares, le temía a los cementerios.

Sentía una curiosidad infinita y aleteando, me acerqué a ellos, revoloteé a su alrededor, mientras contemplaba como “i griega” depositaba las flores sobre la piedra. Me acerqué más planeando me posé sobre el suelo, en el camino, muy cerca de ellos.
Sultán, al verme, emprendió una veloz carrera, ladrando, amenazante.
Asustado, volví a emprender el vuelo justo a escasos metros del alcance de sus afilados colmillos, y me posé más cerca de la tumba, sobre la cruz de piedra de otra lápida adyacente.

Andrea miraba entre divertida y curiosa la escena entre Sultán y la cigüeña.
-Quieto, Sultán, quieto-la oí decir- No es mas que una cigüeña.

Desde mi atalaya miré a Andrea, seguía igual de hermosa que como yo la recordaba, así, de tan cerca, mi corazón dio un respingo al contemplarla.
Ella se acercó a mí, curiosa. Yo miraba la lápida sobre la tumba, no tenía ninguna duda de que allí aparecería mi nombre escrito, pero quería ratificarlo y así fue, medio cubierto por las flores, mi nombre, el de la parte humana que ahora habitaba en aquella cigüeña estaba escrito en aquella tumba.

Nunca había creído en espíritus, fantasmas, diablos ó seres sobrenaturales, siempre había sido un agnóstico que hacía preguntas, que creía en la ciencia y que aquello que no comprendía y no tenía explicación no intentaba darle sentido divino, simplemente pensaba que los conocimientos que poseía la humanidad hasta entonces no era lo suficientemente avanzado para darle una explicación, pero que debería haberla, fuera de los cauces de los mundos espirituales.
Pero ahora ya no sabía que pensar. Mi tumba estaba allí, yo estaba muerto, pero sin embargo estaba en el cuerpo de una cigüeña, y pensé en otras culturas y otras religiones, en las historias de reencarnación de las almas, para inmediatamente, mi parte lógica y racional traer a colación una palabra que siempre me había hecho gracia … ¡Paparruchas¡ ¡Paparruchas¡.

Andrea se había acercado tanto a mí, que casi notaba su corazón palpitar, la note asombrada de que yo no huyese y la vi extender su mano hacia mi cuerpo, con sus dedos acarició mis plumas, pero no sentí nada, mi cuerpo de cigüeña no percibía sensaciones.
Me sentí tan feliz a su lado. Cerré los ojos para percibir su esencia y los volví a abrir en seguida para comprobar que no había desaparecido, que “i griega” seguía a mi lado, pasando sus manos sobre mi insensible plumaje, ajeno a toda sensación, a todo tacto.

Un traicionero golpe me derribó al suelo, sentí un dolor enorme, un cuerpo encima del mío, unos dientes desgarrando mi organismo, y vi a Sultán ladrando y enloquecido, dando dentelladas sobre mi largo cuello, y sus patas enormes encima de los huesos de mis costillas y sentí la voz de Andrea gritar y la vi agarrándole del collar, tirando de él hacia atrás, pero Sultán no quería soltar su presa, no quería soltarme, desgarraba mis plumas, movía frenéticamente la cabeza a izquierda y derecha destrozando mis venas, mis arterias, mis músculos.

No sabía dónde estaba, no sabía que había pasado, estaba como contemplando una escena desde fuera, veía a una cigüeña llena de sangre, tirada en el suelo, a una mujer que sujetaba a un perro que ladraba furiosamente y al que había logrado apartar del ave, pero yo ya no estaba en ningún sitio, ya no formaba parte de ningún cuerpo, estaba como flotando.

Sultán se había calmado, aparentemente, miraba el cuerpo sin vida de aquel otro animal y dio un último ladrido, luego se calmó del todo.
Andrea le regañaba de forma enérgica, el perro se sentó en el suelo y como avergonzado, escondió su cabeza entre sus patas, no era capaz de distinguir si lo que el perro sentía eran remordimientos por su acto ó era miedo y temor por los gritos de su dueña.

Yo observaba la escena, pero no sabía desde donde, desde arriba, desde algún sitio, fuera de todo, sin ubicación, como un fantasma en los que jamás creí, pero que ahora ya no sabía que pensar, ya no estaba confuso, ya no era ningún alma encerrada en una cigüeña, era como cuando juegas a salir de tu cuerpo y a contemplarte a ti mismo desde el otro lado, y no obstante me sentía bien, como un espectador, un observador que mira y que no interviene en el juego y que por tanto tampoco puede contribuir a decidir quien es el vencedor.
Aquello duró breves minutos y … luego nada, absolutamente nada, todo había desaparecido.

Cuando tomé consciencia de mi nuevo estado, del acto que acababa de realizar, pude oir de nuevo la voz de Andrea diciéndome:

- ¡Para ya! ¡ Estate quieto! ¡Deja de lamerme la boca ¡ ¡Deja de lamerme los labios, Sultán!

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